Abierta la convocatoria de autoproducciones de la 7ª Muestra de Cine de Lavapiés
15/02/2010 por DavidYa podéis consultar las bases para la convocatoria de 2010.
Ya podéis consultar las bases para la convocatoria de 2010.
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La humildad, las estrellas y la victoria del inmovilismo Me encuentro de nuevo, absurdamente, la verdad, enojado. Escribo este texto que, una vez más, no servirá para nada más que para rascar mi escozor (nunca será publicado, ¿para qué?), sacudiendo la urticaria que produce el humo espeso, maloliente y pegajoso de las palabras que, cargadas de bocanadas y cenizas de colillas de pub trasnochado, nos vierten -informar sería una palabra demasiado subyugante para este caso- la narración de un evento reconocido como: “templo supremo del aburrimiento y de la nadería seudointelectual” (EL PAÍS, Madrid, viernes 11 de septiembre de 2009), para los demás, la 66 Mostra Internacional de Arte Cinematográfico de Venecia. Lo que para el cronista supone, palabra textual, un “tormento”, para muchos otros significaría un verdadero placer, que mal está repartido el mundo. No sólo por Venecia, no sólo por el cine, ni siquiera por el simple hecho de ser uno de los pocos privilegiados que tengan acceso a unas imágenes que, a los demás mortales, más que probablemente, nos serán vedadas (por cabales arquitectos de dinero, productores y distribuidores, que, cómo artísticamente nos mencionaba el susodicho cronista en otra de sus estelares proclamas, saben qué películas quiere o no quiere la gente, o lo que es lo mismo, o no, qué películas dan más y más dinero); o quizá, por el simple hecho de cobrar por ello, que tampoco es vaga razón -a los hechos me remito, ¿se entendería, si no, que este hombre este pasando este mal trago?- Como al cronista le pagan, supongo que bien (de otra manera sería incomprensible verle penar de esta calamitosa manera por “el vertedero de la inanidad pomposa en que se ha convertido la sección oficial de la Mostra” (EL PAÍS, Madrid, viernes, 11 de septiembre), al que, cruelmente, le han enviado); como al cronista le pagan, y a mí no, por lo menos reciclaremos sus palabras, que para algo tienen que servir, e intentaremos que nos ayuden a describir las sensaciones que a mí me produce tener que sufrirlas cada vez que cometo la ingenua y temeraria acción de comprarme el diario en busca de información cinematográfica. En primer lugar, el crítico, en un alarde de sinceridad autocrítica (viva la redundancia), no sé si conscientemente, tiene mucha razón cuando (se) define: “muestrario de la impotencia para contar con arte algo entendible” (EL PAÍS, Madrid, viernes, 11 de septiembre) -y siento la reiteración de fechas, y la involuntaria relevancia de la misma, pero es el único periódico que tengo a mano-; lo que supone un ejercicio de metalenguaje autoreferencial de lo más extraño, ¿habla de sí mismo?, ¿de su escritura?, ¿de su noticia?, ¿de todo a la vez?. Porque, efectivamente, así, tal cual, leo yo lo escrito, y por ende a la persona que lo escribe (podríamos añadir, inspirados por el jugoso estilo de su autor: a parte de chascarrillos soeces y odas al inmovilismo barato, poco más podemos encontrar en lo que se supone una noticia. Mínima e incomprensible información trufada de una presunta gracia, que, por machacona, alarmantemente vacía, insípida e informal (en la peor de sus acepciones), no nos deja más que un aroma rancio de tertulia de poker entre amigos generacionales a la sombra de un whisky) Es decir (expliquémonos, no vayamos a caer en las redes de la “crítica”), cuando cojo el periódico e intento informarme de las noticias culturales, lo que ya es de por sí difícil dada su escasez, y me topo con las palabras del señor encargado de las crónicas cinematográficas, parte de las cuales he mencionado con anterioridad, un sudor frío recorre mi frente. El sencillo acto de leer, en busca de información, rápidamente se convierte en un acto heroico de meditación budista. Lo que encuentro no es información, no es crítica, ni es nada, sólo son los chascarrillos de un señor que se cree por encima de todas las cosas, una estrella del triste firmamento periodístico patrio vociferando desde su lujosa butaca-púlpito; arreando a las masas, como sólo a las masas se puede arrear, al modo de bueyes. Alentando la trasnochada filosofía política del “todo lo bueno ya pasó”, hipócritamente, nuestro desconocimiento, nuestra asentada y aseada posición, nuestro apoltronamiento, nuestra escandalosa falta de humildad, nos dispone en una sala de juicios, dónde, como únicos jueces supremos, dioses de nuestro pequeño cielo, asestamos justicia con la vara de medir que tenemos, nuestra ignorancia. ¿Para qué dudar de uno mismo, para qué acudir al cine a que nos muestren imágenes nuevas, búsquedas; para qué demonios tiene el cine que aspirar a ser arte, para qué va a evolucionar un lenguaje, una forma de expresión, un sentimiento, el ser humano?. Para qué!. Cuando uno ya conoce todo lo que hay que conocer, como es el caso de nuestro cronista, cuando todo ya está inventado, uno se puede permitir el lujo de desear el fin de la película antes de que comience. Uno, impregnado del rancio aroma de la decadencia, se puede permitir despreciar de manera bochornosa, evidenciando una alarmante falta de estilo, que roza el ridículo, a todo el que se precie apoyado en eminentes formulaciones como la siguiente: “...el nuevo gurú cinematográfico entre tanto farsante presuntamente enamorado del cine con inquietudes” (misma fuente que las anteriores). ¿Puede caber más falta de humildad, desprecio y prepotencia, amén de una ignorancia rayana en lo enjuiciable, en tan pocas palabras?. Sólo las “estrellas” en lo alto de su indiferencia, en las lujosas butacas del inmovilismo, pueden comportarse de manera tan sumamente tirana y falsa, claro que, ellas viven a años luz de distancia, o, ¿no?. Porque no es una opinión lo que el señor cronista defiende, sino una forma de vida, una forma de ser, la de un conservador caduco que guarda sus posesiones de manos golosas, la ley del “todo ya está inventado” que, menos mal, algunos benditos no siguieron, sino continuaríamos aún tirándonos piedras a la cabeza escondidos en cuevas (en una de ellas, a algún “gurú” se le ocurrió pintar un sentimiento en la roca, un bisonte, un ciervo, y a partir de ahí todo, porque, si por algo podemos tener alguna esperanza en el futuro del hombre, no es porque todo esté hecho ya, sino, porque todo está por hacer, y en ese lema, el arte es la llave). Desgraciadamente algunos, entronizados en lo alto de su propia ignorancia, arrogancia y desprecio, sólo pueden seguir gritando las mismas tonterías una y otra vez, sino, ¿de qué iban a vivir? Supongo que hay gente a la que todo esto le gusta, no es mi caso, cuando leo una crítica cinematográfica no me interesa saber si el crítico se cree más o menos listo que el director (y todos los demás), lo que quiero es una crítica de las imágenes, de la película, un texto con información y reflexión, y no una búsqueda boba de pétrea insurrección, es esto ¿tan difícil?... Hoy, ya es domingo, y en un acto completamente suicida, después de todo lo dicho, de nuevo, absurdamente, compro el periódico. Por si esto no fuese suficiente estupidez, colgado de alguna rama de la que aún no he podido bajarme, mastico el plátano y me dispongo a leer, de nuevo, y no hay otra palabra para definirlo que: gilipoyas/mente, las “noticias” cinematográficas, la clausura de la Mostra. Error. ¡Maldita sea!, hay algo que siempre me hace confiar que todo puede cambiar, y me dispongo a leer con verdadera inocencia. Sin embargo, que fiel es la realidad, nada más comenzar, las nubes se enturbian, el cronista vuelve a tener razón: “La mentira que encierra esta desvergonzada autopromoción puede hacer enrojecer a cualquier espectador medianamente sensato” (EL PAÍS, Madrid, domingo 13 de septiembre de 2009). Y, conociendo la exactitud de sus comentarios autoreferenciales, confiando en su acertado tino, y en mi sensatez, (reconozco que no soy muy valiente y mucho menos masoquista), me acojono, y, en un gesto de verdadera inspiración , cierro el periódico. Punto final.

Lady Chatterley
Pascal Ferran
Lo primero que podemos decir ante una obra -que remite a un conocido título literario, es más, popular e incluso mítico, en el sentido en que algunos textos, personajes o sucesos se convierten en iconos (más si están relacionados con aspectos tabúes como es este de la sexualidad)- como la película que nos ofrece Pascal Ferran es que es hermosa, por sí misma, sin más preámbulos.
Cuando nos encontramos ante un hecho fílmico de esta magnitud, de nada sirven los orígenes o excusas que se hayan tomado prestadas para realizarlo, uno es creador, artista, precisamente por esos millones de hechos que nos rodean, vemos, nos construyen y somos. No conozco la famosa novela de D.H Lawrence, que sirve de lanzadera a Ferran para crear su film, más que como el icono que representa en cuanto a hecho de ruptura sexual, pero no creo que lo necesite, la verdad, cuando una obra, como es esta, alcanza tal grado de madurez, de lenguaje personal, propio y bello, nada de lo que gira a su alrededor sirve como asidera para una mayor comprensión de su lectura fílmica.
La película que nos entrega el director francés es un monumento en sí misma, sin excusas ni complejos. Cada una de sus imágenes están construidas con inteligencia y amor, máxima para realizar cualquier hecho o realidad artística, e igualmente quintaesencia de los hechos que nos donan los dos excelentes actores protagonistas (ambos perfectamente integrados en la actuación y el acto físico de su realización, es decir, tanto son como están) como narración, exuberante de vida, de la historia que acontece.
Ferran nos hace partícipes de una bellísima historia de amor, “naturalista” (en el sentido amplio, humanista y francés del término), tan heredera de Renoir como de las búsquedas estilísticas del Truffaut, errático pero valiente, de Dos inglesas y el amor (de la que quizá esta majestuosa Lady Chatterley sea su heredera y, a la vez, expresión de lo que pudo haber sido y no fue el experimento de Truffaut), y seguidora, sin duda, del lenguaje de Rivette, a quien se siente en el pulso de este filme como en las mejores películas francesas realizadas en estos últimos años, desde Assayas a Desplachin. La naturaleza se erige en uno, sino el más, pues los seres de carne y hueso no son aquí si no parte de ella, de los protagonistas de las imágenes; una naturaleza filmada de manera exquisita y sencilla, bella, siendo parte y todo de la esencia que envuelve. La luz que desprenden cada uno de los planos filmados por Ferran, en una excelente fotografía (de esas que ningunean los académicos, por precisa, exacta, humana y fiel) “naturalista”, dónde la naturaleza también tiene sus particulares primeros planos, son precisos y necesarios, no por premeditados y matemáticos, sino por la milimétrica inexactitud perfecta que tienen los pasos dados por el arte. Estamos aquí, cuando hablamos de precisión y exactitud, muy alejados de los parámetros que normalmente regulan nuestras vidas. Aquí lo importante no es la ausencia de error, como no lo es en ninguno de los planos de Renoir, sino la precisión de lo humano, tan erróneo ello. Si hubiésemos sido cartesianos y milimétricos desde los inicios cavernícolas del arte, probablemente, aún seguiríamos allí, o no seríamos. Pero, precisamente, el avance humano se basa en el error, el arte se basa en el error, en el riesgo, en lo diferente, en la búsqueda del camino, no exacto, pero sí preciso, para que fluyan los sentimientos que se quieren transmitir. En esta liga, en este juego, es donde se encuentran los valores, las precisiones magníficas de una película tan bella como es esta.

Y para nada hablamos de búsquedas estilísticas como fuegos artificiales, para nada estamos justificando las propuestas aquí entregadas como mero experimento formal, muy al contrario, la película de Ferran es precisa y rigurosa como lo son todas las obras de arte, por muy aleatorias que parezcan. La cámara de Ferran está siempre dónde tiene que estar, y no por la simple vocación de enseñarnos lo que tenemos que ver, algo tan excesivamente habitual en el cine que nos trata como borregos en busca de respuestas que ya tenemos (siéntase feliz descubriendo al asesino, empápese de verdad humana en las miserias de lo imposible), la cámara de Ferran está donde tiene que estar porque sabe qué nos está contando y qué nos quiere transmitir, como lo sabían Buñuel y Renoir, pero, a diferencia de ellos, tan pulcros en verdad humana como desaseados en encuadres fílmicos, Ferran cabalga por los mismos caminos de la verdad desde una perspectiva muy diferente, mucho más apegada a la precisión del encuadre y a la exactitud de la planificación, y, sin embargo, tan cercana y humana como la de los dos grandes maestros del “naturalismo” (y si quieren ríanse por clasificar a Buñuel de esta manera, pero ¿es que era otra cosa?). Cada una de las elecciones estilísticas elegidas por el director francés, muchas y muy variadas, aunque la fluidez de su propuesta no las evidencien (algo, por otro lado, exquisito), aciertan en marcar caminos que una y otra vez añaden una mayor complejidad y riqueza de lecturas a la historia, la hacen más y más humana a base de recursos meramente cinematográficos, lo que engrandece, y de qué manera, la película. Nos encontramos ante un film magnífico y bello, rayano en la exactitud, que, convierte la precisión en una forma maravillosa de humanidad, que nos envuelve en un manto silencioso y luminoso como las luces de un precioso atardecer campestre, dejándonos una profunda y palpable huella, aliento de posibilidad, de esperanza, que, como el abrupto final, nos deja con una última palabra y corta a negro: oui, es decir, SI.
La mujer sin cabeza
Lucrecia Martel

Hay algo misterioso y, curiosamente, próximo a la realidad en el empeño de los distribuidores (productores) españoles por cambiarle el título a esta, la última, película de la excelente cineasta argentina Lucrecia Martel -pasando del original, ambiguo y magnético, La mujer sin cabeza, al más convencional e intrascendente La mujer rubia- Por un lado, no deja de extrañarnos la inmensa prepotencia de aquellos que se ven con la gracia de saber que es lo más adecuado para hacer brillar en la cartelera las películas que distribuyen, capaces de trasformar, por encima de la voz, intención y trabajo de quienes los elaboran, títulos, finales o imágenes y sonidos de las obras de los autores, sin entender que, lo que hace magnética a una película, es su unidad -aquello que nos hace poder remitirnos a un título para hablar de toda la complejidad que conllevan todos los minutos de la obra a la que designa (lo que sentimos al recordar el título del primer film de la directora argentina: La ciénaga)- Sin embargo, después de ver la película de Martel nos queda un regusto ambivalente, y un aro sin cerrar por el que podrían penetrar las aristas que convierten en rubia a una mujer sin cabeza.
Es esta una excelente película, valiente, personal, sugerente, misteriosa, sensual e interesante, pero hay en ella cierta falta de empuje, de calor, del peso que convertía la opera prima de Martel en una obra con fuerza incendiaria. Las imágenes enormemente personales de la directora argentina continúan poblando su cine, pero, en vez de sentidas, en su última ficción nos sugieren más bien un reconocimiento. Nos encontramos recorriendo caminos conocidos y reconocibles, identificamos la voz de Lucrecia Martel, y, aunque siempre bordea el magnetismo, en esta película nos quedamos más embelesados que ardientes. Me explico, la película, más que quemar, nos templa, y uno no sabe si lo que ve sería tan sugerente si no le remitiese a otras imágenes anteriores, que sí quemaban. Como a la protagonista, uno la siente más oxigenada que sin cabeza.
Sin duda, Lucrecia Martel es una de las más importantes, llamativas, auténticas y atractivas directoras del cine actual (sin caer con ello, en la absurda dicotomía hombre/mujer, completamente resuelta en la definición sin sexo que nos regala la palabra artista). Creadora de un cine propio, exquisito, elegante, ácido, carnal, tan agudo como sugerente, tan geométrico como sensual, que nos ha regalado algunas de las más intensas y precisas imágenes de los últimos años. En su última película, el talento permanece creando espacios de gran riqueza plástica y enorme sugestión, la ilustración visual del mundo de Martel sigue siendo rico, polisémico y fértil; sus encuadres, utilizando, de manera magistral, el scope, continúan siendo magníficos, y amplían lo que vemos en multitud de direcciones, capas y fondos insinuados en su desenfoque; las lecturas de los “supuestos” tiempos muertos persisten intensas, haciendo palpitar la verdad entre la cotidianidad de lo aparentemente usual; la disección social es precisa como un bisturí, caminando entre el abismo que separa a los “europeos” argentinos de sus compatriotas “indígenas”, es decir, el océano que separa la burguesía de la pobreza. Lucrecia Martel nos hace, una vez más, partícipes de un mundo que conoce a la perfección y que adora (por propia) y odia (por ajena) a partes iguales, la, a ratos tierna, por momentos putrefacta, clase media de provincias argentina.
El traje subsiste, pero la carne queda, esta vez, algo desdibujada
Volvemos a sobrevolar por encuadres de cine auténtico, pero esta vez hay algo que no nos engulle como un embudo hacia el misterio de una verdad que late(nte). Por entre las venas de los fotogramas que vemos se extiende el aroma de la incertidumbre angustiosa de todas las películas de la directora argentina, hay camas pobladas de seres perdidos, atrapados en una telaraña desgastada y mal oliente, adolescentes ambiguos y cargados de pulsión sexual -aspecto este, que envuelve igualmente todas las imágenes de su cine-, incestos pasionales incipientes, ya sean concretados o no, puertas entreabiertas, hombres desenfocados pero asfixiantes, pobres sin rostro, muertes sin luz, realidad sin justicia. Un mundo en el que todo se puede borrar con el poder de una llamada, frente a la miseria sin salida. Un lugar en el que ni la muerte provocada, el asesinato, es capaz de derivar en cambios. Una jaula oxidada y sucia, una sociedad carcomida que oprime como una soga, y unas mujeres esclavas de un mundo al que no pertenecen, al que se ven abocadas y del que, ni la desgracia, es capaz de alejar.
Mujeres sin cabeza
Mujeres como la protagonista, que deambula sin cabeza por las imágenes de esta película, asqueada, vacía y rota, adornada con un rubio oxigenado que le hace olvidar su propio yo, una mujer, que aunque intente sentirse culpable -una forma de ser-, se siente imposibilitada por un mundo masculino, recio, arcaico y destructor, que borra hasta las huellas del crimen que uno persigue como salvación.
La protagonista de la última película de Lucrecia Martel tiene la huella heroica y en barrena de las heroínas de su cine anterior, algo del aliento trágico de la Marisa Paredes de Almodóvar, el desconcierto vital de la Ingrid Bergman de Rosellini y el fuego apagado pero bello de la Gena Rowlands de Cassavettes, y, a su vez, o por todo ello, la película, que sus pasos nos entrega, no termina de convertirse en una obra definitiva. Bordeamos la excelencia, y, aunque seguimos recibiendo maravillosos hallazgos, tanto visuales, como, sobre todo, sonoros, aunque el cine de Martel sigue hablando por sí mismo y trasmitiendo sensaciones que las palabras no terminan de poder definir, aunque el cine de Martel sigue siendo CINE, gran cine, cuando uno termina de ver La mujer sin cabeza no se ve depositado en el mundo encerrado en la solemnidad de las obras maestras. La gran película que nos ha regalado la fantástica directora argentina cierra, sin duda, una etapa, y abre, como su final, un espacio nuevo que, esperemos, siga haciendo crecer su cine, ya, casi sublime.
¿Cómo hace para filmar tan bellamente los cuellos?

Estuve viendo este jueves santo (evidentemente, no por penitencia) la última película de Pedro Almodóvar. Y sí, es verdad, como me había predicho mi buen amigo Oscar (que no suele fallar): no está mal.
El problema es (y siento no empezar por las cosas buenas, que las hay, pero no puedo evitarlo): si sólo es esto lo que se puede esperar ¿...? Los que seáis más prácticos que yo, seguro que os decís: que sí, que es Almodóvar, que eso es lo que hay, pero, a mí, no deja de atacarme la mala leche de exigir: ¿esto es todo lo que nos da uno de los grandes directores mundiales??
Los abrazos rotos
La película está bien, que no os engañen, sobre todo si nos meten en el sin dios de comparar. El tipo se ha convertido en un buen artesano presa de su propio apellido, es decir, películas de estudio clásico americano con las cositas almodovarianas, y ,eso, está asegurado (pues muy bien, por lo menos sabe narrar y encima tiene algunos rasgos característicos, ok, ¡estupendo!)
Está contada-narrada con buen oficio, no es fácil lo que hace, los cambios de tiempo, el giro de narradores, de puntos de vistas, de situaciones, en eso, el tipo, se ha vuelto un experto (a mí me pareció que "La mala educación", en su parte buena, era una peli de cine negro bastante, bastante, lograda). Los temas no están mal, siempre introduce aspectos bastantes abiertos en las relaciones personales, eso me gusta, y siempre algún tema tabú que, con él, pasan por otra cosa más. Ahí, está muy bien. E, incluso, se está planteando qué es eso de hacer cine, porque se ha dado cuenta de que es su profesión y parte de él, y, ahora, toca saber que se quiere ser de mayor, (que es dónde le entra el canguelo)
Es verdad que el tipo arriesga en algunas cosas (lo suficiente para que la jauría de avestruces, capitaneadas por el insoportable de Boyero, se lance a la yugular y, eso sí, no llegue más allá de la suela de las zapatillas), pero siempre se mide el riesgo desde el punto de vista de que es Almodóvar y tiene que cumplir unos compromisos, no puede fracasar. Pero, ¡¡joder!!, ¿dónde hemos llegado si un tipo que se puede permitir hacer lo que le dé la gana no puede ser más valiente y arriesgarse a fracasar(si esto significa vencer los miedos y llevar las películas por donde él cree, aunque el público no responda)??
En la película tiene un momento magnífico para arriesgar sin riesgo y, aún así, se acobarda. Viajan la productora y el director, recientemente ciego, en un coche. Ella comienza a hablarle y, por un momento, Almodóvar, introduce un negro en la pantalla que nos remite a la ceguera de él. Tiene una oportunidad magnífica de hacer CINE, mantener ese plano en negro toda la conversación para que podamos pensar, introducirnos en el negro y escuchar, (que es lo que hará el protagonista a partir de ese momento). Pero no, se aplatana, introduce un fugaz negro, y pasa a un plano medio de los dos, es decir, se va del arte a la mediocridad (otros dirán del aburrimiento a la narración, chorradas, porque ¿qué es narrar?, ¿es contar acontecimientos concatenados unos con otros con una línea de conexión-entendimiento?? -vamos, una guía de teléfonos-. Y, sí es eso, ¿para qué?, para distraer?. Chorradas, narrar es contar una HISTORIA, transmitir unos sentimientos, unas sensaciones, lo demás es mercado. Y, si uno rechaza esto en pos del mercado, la única respuesta es el miedo a perder).
Tras más de 20 películas, con la siguiente asegurada, el piso pagado, y sin problemas de solvencia, se podría exigir un poco más de valor, ¿no? Uno recuerda las últimas imágenes de Welles rodando con su propia cámara en el jardín de su casa posibles escenas de una inexistente película, a David Lynch caminando libre con su cámara de vídeo buscando el CINE, a Tarkovski esculpiendo sus imágenes a fuerza de coraje, o cualquier plano de Roma citta aperta de Rossellini y, sin duda, confirma que de lo que hablamos es de la diferencia entre cine y CINE. La diferencia entre arriesgar en busca de la verdad, o conformarse con el oropel del éxito.
Miedo, Almodóvar tiene miedo
Almodóvar director de cine, ya no puede hacerse el tonto ni conformarse con llenar las salas con sus chistes (y no digo esto con ninguna queja). Almodóvar, director de éxito, no quiere dejar de tenerlo.

Le gustaría ser un director clásico en un estudio clásico, Douglas Sirk, supongo, y tener éxito, por supuesto. Pero, como nos muestra en la película, ha visto a Rossellini, a Malle, a Cassavettes (quienes, por cierto, muchas veces, se olvidaron del éxito), y no puede hacerse el ciego ante esto, no puede (tendrá esto que ver con la ceguera de la peli? -a parte de lo obvio?-) Por más que lo intente, no puede ser otra cosa que lo que es, un director de hoy, contemporáneo. Y en esas estamos, y ahí es donde se le ven las costuras, porque lo que él llama un guión cerrado, trabajado, estructurado, es un seguro de vida que le cierra posibilidades, con el fin de tener menos miedo. Y, eso, se nota. Se palpan los tapones de guión, las inseguridades parcheadas con algún diálogo instructivo (no enunciativo), se nota el miedo a ser él, a dejarse llevar, a confiar más en Rossellini que en lo clásico, a no sólo sentirse moderno, contemporáneo, de hoy, sino a plasmarlo en sus imágenes.

Se nota el miedo a “fracasar”, a perder público, a no ser el hombre al que no se le tose, porque, por “muy personal” que sea, revienta las taquillas. Almodóvar tiene miedo a dejar de ser Almodóvar.
¿Cómo puede tener miedo Almodóvar?...
Pues sí, Almodóvar, tiene miedo (como lo tiene Luis Homar, que nunca se cree que él pueda ser el amante de Penélope Cruz, y cagado de miedo deambula por la película sin credibilidad).

Tiene miedo porque se da cuenta de hacia dónde tiene que ir, y le asusta verse sólo (como ve, bien a su pesar, sola a Lucrecia Martel), sin el apoyo que supone las salas llenas de público. Almodóvar, que de esto sabe un rato, siente miedo porque tiene que elegir entre lo que le llama, lo que es, y lo que sabe que funciona, lo que ha sido hasta ahora. Esta es la verdadera decisión de él como director de cine hoy en día, su ser o no ser, y, claro está, le da miedo.
Hay en esta película mucho de algo que se escondía bajo el sexo de Lucía en la película de Medem, (porque, aunque éste parece ser que no importa a nadie y “nadie lo ve”, creo yo, que Almodóvar sí), y es: la problemática actividad de crear, de buscar la “verdad”. Las imágenes de Medem han encontrado reflejo en el último cine de Almodóvar, no sólo por haberle arrebatado las músicas de cabecera, la voz de Alberto Iglesias, sino, en ese halo personal que desprenden, y que se nota en las escenas de Lanzarote, en esa casa, que tanto tiene del mundo de Medem y de sus imágenes. Ambos directores son reflejos del miedo que atesoran a perder lo que tienen, llámese posición, dinero o público, y ambos se enfrentaron a esa pregunta de hacia dónde ir en películas disfrazadas, una de sexo, otra de abrazos rotos. Ninguno de los dos se arriesgó a soltarse. Medem, acobardado por su ninguneada propuesta “arriesgada” Caótica Ana, Almodóvar, reafirmado en su Volver frente a ofertas de más peso, se encontraban en la encrucijada mayor de la creación: BUSCAR. Uno, ha declarado su rendición y su apuesta por lo lineal, el otro, nos abre con esta nueva película un resquicio de esperanza, ahora nos queda ver, esperemos.
¿Es posible un Almodóvar sin Almodóvar?
Si Almodóvar apuesta por desprenderse del disfraz de su apellido en pos de su voz autoral, si elige el riesgo en vez de la comodidad de la taquilla, si lo que quiere es crear cine y no sólo hacer películas, lo iremos viendo en sus siguientes obras (probablemente, con la menor cantidad de público asistente, Almodóvar opte por “volver” a la senda de sus éxitos, ya nos habla de su posible vuelta a la comedia, y es él, el que la enuncia como algo menor, algo que le permita más soltar su lengua viperina que sus propias imágenes). Como creador de películas, se debe a su público tanto como al cine, qué camino decida coger es su decisión. En las imágenes de Los abrazos rotos podemos intuir esta disyuntiva, por ella se despliegan estas preguntas sin respuesta, porque, aunque lo intuimos, desgraciadamente, aún, no lo podemos sentir. Las imágenes que nos traspasan, que nos hacen sentir, que nos llenan, son las que buscan, las que arriesgan, las que son valientes, y Almodóvar debe decidir si arriesga o no. Almodóvar debe decidir si continúa su búsqueda como autor o decide seguir la senda de lo prefijado. Quizá se equivoque, o “fracase”, pero el miedo atenaza cualquier expresión, y el arte sólo es de los valientes.
Por mi parte, sólo me queda esperar, y ver. No seré yo el que rechace las películas de Almodóvar, ¡no! Porque están bien hechas, porque tienen siempre algo interesante, porque me hacen reír. Pero si de lo que hablamos es de exigir, lo siento, y yo exijo un poco más. Si queremos crear cine, debemos soltar amarras y dejarnos llevar por nuestra propia voz, por nuestra propias imágenes, olvidarnos un poco de la omnipresente presión del éxito, y volar. Sólo las películas que vuelan nos despegan de las butacas de nuestra vida. Y, esto, es lo que debemos exigir a quien se presupone un autor mayor.
Seis años después seguimos todavía aquí, cada vez con más ganas y cada vez con más ilusión. Son muchos los espacios que se han ido adhiriendo a esta propuesta política y cultural del barrio de Lavapiés. Desde esta muestra no sólo intentamos hacer llegar el cine de las grandes salas a las calles, bares, centros sociales y asociaciones culturales de nuestro barrio sino también conseguir materiales nuevos que se mueven por circuitos más alejados de los comerciales y que nos permiten echar una mirada a otros mundos menos difundidos y poco conocidos.
Asimismo, sabemos que vivimos en un barrio donde conviven realidades de procedencias muy diferentes y acercarnos a sus culturas desde la mirada que el cine nos ofrece es una apuesta que cada día nos motiva más y más.
Como en anteriores ediciones, lanzamos una convocatoria para todo tipo de trabajos audiovisuales, ya sean largometrajes, cortometrajes, videoarte o cualquier otro trabajo audiovisual. Eso sí, como viene reflejado en las bases de la convocatoria:
... se valorará especialmente las producciones independientes o autoproducciones en el que riesgo económico es asumido por el autor sin la ayuda de productoras externas.
El plazo de recepción para las copias de preselección y la ficha de inscripción firmada finaliza el 31 de Marzo de 2009. Los trabajos serán entregados personalmente o enviados a:
Aquí comienza el blog de La Luciérnaga, para el/la que quiera.
Allá vamos!!
Empecemos dándole a la polémica:
Leí hace unos días en El País la crónica del cateto de Boyero sobre "Tiro en la cabeza" (os dejo el link por si queréis sufrir http://www.elpais.com/articulo/cultura/Vacuidad/ETA/artista/Rosales/elpepicul/20080924elpepicul_4/Tes Y harto ya de este personaje, les escribí de nuevo una carta de queja (ya sé que es cursi y algo boba, pero hay que adaptarse al receptor, I'm sorry). Como imaginais, nunca la publicaron. La carta decía algo así:
"Intento sacar de la lectura de su diario algo enriquecedor, provechoso, sobre todo para lo que más me interesa, mi profesión, mi sueño: el cine. Pero desgraciadamente, (como ya otras veces intenté hacerles llegar mi queja), el mal llamado periodista que ustedes tienen en la sección no me provoca más que impavidez y desconcierto, ¡horror! que diría aquel. Este señor, que se supone habla de cultura y cine, se permite usar por bandera el desconocimiento y el descaro artificial para regalarnos una serie de insultos absurdos que sólo merecen el más absoluto de los silencios. ¿Cómo es posible que en un periódico como el suyo, "preocupado" por el devenir del mundo y la cultura, permitan que este señor dispare a diestro y siniestro sin ningún tipo de conocimiento o rigor?. Cualquiera puede ver películas y beber whiskeys, pero lo interesante no es esto, "amigo", lo interesante es lo que los demás nos pueden aportar. La creación depende de la expresión personal de su autor, no de lo que nosotros queremos que los demás nos den. No se puede ser juez y parte, como no se puede decir lo que le venga a uno en gana desde una tribuna pública, porque señores míos, esto sólo sirve para fomentar la vanidad y la estupidez, como si estas no estuviesen ya bastante valoradas. Este ridículo juego sólo puede ayudar a empeorar todo, los tiros en la nuca no sirven para nada, y este señor, como buen ejemplo del tirador sin compasión, no creo tenga lugar en las páginas de un democrático diario informativo".
Para los que estén interesados en esta lucha, existe una carta publicada en El País con firmas de gente del cine pidiendo que echen a este elemento, os añado el link http://elpaisyelcine.blogspot.com/ . Al igual que el blog donde podéis firmar la carta si os apetece http://elpaisyelcine.blogspot.com/
En esta otra página se comenta la jugada bastante bien. Os la dejo también por si queréis ver algo más http://librodenotas.com/butacanonumerada/14589/quiero-la-cabeza-de-carlos-boyero
A los que no estén de acuerdo, escriban, escriban, que el debate sólo acaba de empezar...
¡a la lucha!
Arriba los valientes que quieren contar algo, crear, hacer, cambiar...
